martes, 30 de mayo de 2017

DE LA PANTALLA V 30 17

El tema bravura
(Jorge Arturo Díaz Reyes)

No se cortaron orejas y el único saludo fue protestado. Pero la gente no se aburrió. Porque los juanpedros tresañeros de Montealto, la mitad con más peso que algunos toros cinqueños de esta feria, fueron eso que definía Corrochano como -el manso que parece bravo- y así dejaron estar y hacer muchas cosas.    

Sí, don Gregorio tenía razón. La nobleza sin fiereza es mansedumbre. Pese a todos los eufemismos con que se pretenda ensalzar el toro preferido del torero moderno; clase, calidad, colaboración, aire, son, arte, toro artista... Ese cómplice de florituras coreográficas. Podrá ser.  Pero el toro para la eterna emoción del toreo tiene que salir a vida por vida y pelear así hasta la muerte.

Eso no pasó. Pasaron otras cosas, que, sin escalar cumbres emocionales, entretuvieron. Y mucho público va hoy a los toros a eso, a divertirse, a entretenerse o a desaburrirse, y paga, y contribuye, y vale que lo haga porque esto de mantener la fiesta viva hoy está muy caro.

Bueno, el mexicano Leo Valadez, novillero maduro y carismático, trajo de inicio el colorido de su tierra, incitando los otros a barrocas variaciones de capa en los muchos quites alternados; gaoneras, fregolinas, charrinas, zapopinas, caleserinas, faroles, nicanoras, marcheneras, cordobinas, largas… para no hablar de las consabidas verónicas, medias y revoleras. A cuya diversa brillantez ayudaron los amigables viajes de los novillos. Apenas el jabonero quinto acusó algo de aspereza.

Eso quizá fue lo más llamativo, lo más desaburridor. Por otro lado, los buenos pares de Morenito de Arles al tercero quien saludó. Ya muleta en mano, la terna trinacional puso lo suyo. El mexicano una serena capacidad y gusto. El español Diego Carretero, con vehemencia y ambición, resultando cogido por ponerse en el camino de la embestida, y el francés Andy Younes con una vocación por la lentitud y las finas formas.

A espada no estuvieron muy atinados. Pinchazos, descolocaciones, descabellos repetidos y un par de avisos. Quizá la más meritoria estocada fue la del tercero, ejecutada con tal entrega que el pitón derecho rompió el cinto y abrió el chaleco del arlesiano. Detalles impresionantes que solo se captan en la cámara lenta.

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