sábado, 24 de junio de 2017

DE LA PANTALLA VI 24 17

Sello Manzanares  
(4ª de Alicante)

Con dos faenas de lírica partitura el alicantino celebra la fiesta de su pueblo. Un encierro cómodo, de gran bondad y a límite de fuerzas. Dos toreros a hombros y siete orejas repartidas.

Un estocadón a ley, recibiendo, que tiró al quinto sin puntilla fue la firma. Desde las dos largas cambiadas de rodillas engarzadas a cinco verónicas y una revolera con que había saludado al segundo, todo cuanto esta tarde Manzanares hizo en el ruedo, tuvo el sello de la distinción, del buen gusto, de la torería.

Plantado en los talones, con suave y lento temple se acompasó con las embestidas de sus toros en seguidillas rimadas. Derechas, trincheras, cambios de mano, siete naturales sentidos y ese pase de pecho suyo, tan suyo, en sostenido, semicircular, a veces repicado como falsete de tenor charro, para no perder el acompañamiento. Solo una peca, la blandura del noble ”Harapo” (cayó una vez) que no es pecado de la faena en sí, pero le quita cotización.

Terco en su credo citó cuatro veces a recibir, en la primera pinchó perdiendo la muleta, en las otras el toro no arrancó. Sonó el aviso y debió al final acatar el axioma de Costillares: al toro que no parte partirle. Tremendo volapié y la oreja.

A “Orador”, lanceándolo suavemente hasta los medios le paró con media. Luego se lo entregó a “Chocolate” danzando chicuelinas airosas en las que los pitones iban por abajo. Un mediopuyacito, la corrida no se picó, y una faena de manzanarismo puro, brindada al paisanaje. Por una mano y por otra, las estrofas redondas consonaron entre sí y retumbaron en la plaza entera y mucho más allá. Bravo el toro, y noble, y fijo y generoso en el ataque, circulando alrededor del hombre-mástil, obseso en la muleta. No cejaba. José María le mató porque tenía que matarlo, como tenía que matarlo; con los máximos honores, con la estocada de Pedro Romero. A pie firme, citando, aguantando, toreando y vaciando la embestida tras de sí, que se llevó el acero hasta los gavilanes en la cruz. El bravo cayó sin puntilla, sin sufrir.

La locura. Pidieron el rabo y los honores para el toro. Nada, dos orejas rotundas y la vuelta triunfal compartida con su pequeño hijo de la mano. Igual que él hace tres décadas, aún más pequeño, llevado por su inolvidable padre aquí mismo. Habría llorado.

López Simón pareció haber hallado con el toro de Alicante el sosiego que no tuvo con el de Madrid. Aun así, a distancias considerables en los embroques y con despedidas tangenciales, abundó en tandas y tandas con la ligazón por bandera.  La nobleza casi pastueña de su muelle lote no merecía tan quisquilloso tratamiento. Pero a nadie le importó. Es más, les gustó. Y quién es uno para criticar gustos. Media espada pasada al tercero y una total, fulminante al sexto. Recibieron el mismo premio que las dos obras de Manzanares. No hay derecho su señoría.

El maestro Ponce abrió con un inválido al que ni sus famosos cuidados intensivos lograban evitar que cayese y cayese. Pero la música no paraba. La estocada fue desprendida y el saludo de puro cariño. Con el cuarto, sosón, el hambre de triunfo le llevó hasta buscarlo de rodillas y a recargar la gestualidad desdorando esas estética con la cual arropa todo. Puso un pinchazo hondo de bajonazo, que el animal exhibió a toda la plaza. No importó, tras una estocada eficaz le dieron la oreja.

Lástima que los juanpedros, parejos, amigables de hechuras y de nobleza supina, salieran tan flojos, con más poder y raza nadie hubiera tenido que decir nada. 

FICHA DE LA CORRIDA
Sábado 24 de junio. 4ª de Hogueras. Casi lleno. Seis toros de Juan Pedro Domecq, parejos, cómodos de hechuras, escasos de fuerza y raza.
Enrique Ponce, oreja y saludo.
José Mª Manzanares, oreja tras aviso y dos orejas con petición de rabo.
López Simón, oreja tras aviso y aplausos tras un aviso.
    

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